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El hombre de ciencia (y la mujer de sexo)

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El sábado me fui a ver a la banda de un conocido. Recital under en plena capital. Llegué temprano porque iba directo de otro lado y, mientras esperaba en la vereda, lo fiché: Rubio, alto, pelo corte vikingo, latas de birra, solari….

Le sonrío y él levanta su lata: «salud». Me acerco, nos presentamos y le pregunto de donde salen las birras en una noche de veda electoral. Me acompaña al chino y me invita una lata. Nos sentamos en la puerta del lugar, se larga a llover, nos acurrucamos bajo un techito y hablamos de boludeces varias. Estaba yendo a ver a la misma banda que yo, labura con electrónica del sonido, vive en el cercanísimo oeste, en una localidad donde he laburado un tiempo.

Cuando entramos, ya parecía que nos conocíamos desde siempre. Seguimos charlando y chupando birra. Me cuenta que tiene un blog de ciencia, que le gusta hacer experimentos con maizena, que el rigor científico es importante para él: «soy un hombre de ciencia» decía todo el tiempo y le pregunté si ese era su chamuyo para levantarme. Inmediatamente, se ataja: «Eso te iba a decir… No te estoy levantando. No te quiero levantar. Hacemos un trato de que no me interpretás así?» No terminé de entender si eso se traducía en «No te toco ni con un palo» o si era algo más antipatriarcal, onda «No soy ese tipo de machito que colecciona conquistas sexuales». Como mi autoestima es un terreno de arenas movedizas, me inclino por la primera.

Un poco desilusionada, pero dispuesta a divertirme igual, le cuento sobre mi proyecto y pregunto «entonces, yo sería una mujer de sexo?». Nos reímos, un brazo rozó una teta, una mano tocó la otra, mientras se pasaba el vaso de cerveza….

Seguimos así, escuchando la banda que tocaba, tirando chistes sobre sexo y ciencia, pegando toda la onda del mundo. Al rato, vamos a buscar otra birra y, cuando agarra el vaso, se para atrás mío. No sé si me apoyó la pija él o si le apoyé la cola yo, pero ahí quedamos. Ninguno se movió. «Me dijiste que no me ibas a levantar y me estás apoyando» le digo. Sin correr el choto de mi culo y agarrandome de la cintura, me contesta «Me apoyaste vos. Yo no te estoy levantando». A esa altura, ya estaba clarísimo pero, por las dudas, lo pregunto mientras me doy vuelta para comerle la boca: «Si te levanto yo, todo bien?».

Besaba como pendejo: con hambre; como quien te va a arrancar la boca con los dientes. Me gustó.

Resulta que el hombre de ciencia era también un hombre de pactos «Te propongo un trato… Quedamos en que no intercambiamos contactos esta noche?». Por supuesto que le saqué la ficha: «Estás pirateando». Me dijo que no, pero no le creí del todo, nos dimos la mano para sellar el acuerdo y seguimos chapando, apoyándonos, yo paqueteandolo por arriba del pantalón y él agarrándome las tetas, en pleno recital de banda under en un antro cualquiera.

La cosa se estaba prendiendo fuego y él me propone el clásico polvo en el baño, pero dice que no tiene forros. Automáticamente, saco el último que tenía en la mochila y se lo doy. «Te espero en el baño de hombres, puerta de la derecha».

Hacía 15 años que no cogía en el baño de un bar y mi última experiencia había sido truncada por el patova que tocó la puerta antes de que alguien pudiera acabar. Esta vez, acabamos de lo lindo, gritando y todo, porque total, el rock se presta a tapar el ruido de sexo. Un tema y medio y dos orgasmos. Eficacia total la del hombre de ciencia.

Volvemos, seguimos chupando, apretando, pasándola genial. Nos empezamos a calentar de nuevo, él me da unos besos en el cuello que me erizan la piel sarpado, siento que está al palo, suena la banda que fuimos a ver, todo ese combo me termina de empapar.

Me dice que volvamos al baño por el segundo round y le contesto, queriéndome matar, que no tengo más forros. Decidimos tratar de enfriar un toque la situación y se va a buscar una birra. Miro alrededor y veo un par de flacos con cara de buena onda. Me acerco a uno y le pregunto si por casualidad no tendría un forro. Me dice que no y me resigno a tirar la toalla, pero se ve que el amigo le preguntó qué le había dicho yo y decidió aportar a la causa, porque al toque el sujeto vino con un hermoso paquetito gris en la mano. Si no fuera porque me lo estaba dando para garcharme a otro chabón, le hubiese encajado un pico de agradecimiento.

Vuelve el hombre de ciencia y, cuando le muestro el botín, me da un abrazo de gol. Desmedida alegría para alguien que, acto seguido, me dice que seguramente no va a acabar en el segundo polvo, pero que me quiere ver acabar a mí. Dicho y hecho, el polvo termina cuando yo decido que ya acabé lo suficiente (en realidad, decido que ya no me dan las piernas de estar en puntita de pie). Hermoso garche en baño de antro metalero y, cuando salgo, la buena onda del flaco que gestionó el forro: «Una sola cosa te voy a preguntar… valió la pena?». Lo único que logro articular en medio del éxtasis del momento es un «Reeeeeecontraaaaa».

La noche termina caminando unas cuantas cuadras con el hombre de ciencia que me cuenta de su vida y de cómo él tiene una concepción particular de la monogamia. No profundizamos en eso, pero intuyo que su concepción es similar a la mía, lo cual nos ubica en un espacio de libertad compartida. Charlamos un montón, nos dijimos lo bien que la pasamos, lo lindo que fue encontrarnos, lo mágico que es coger así y un montón de cosas más.

Cuando vino mi bondi, me despidió con otro de esos besos de pibito y me dijo que capaz nos volvamos a cruzar. Le devolví un «Capaz…» y me fui a casa con una especie de certeza de que va a se así. Por ahí me estoy volviendo mística, pero no creo que el cosmos te cruce con un tipo así una sola vez en la vida. El hombre de ciencia que me perdone, pero acá me pasa eso de tener fe…


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Sexistencias

Licenciada en psicología, diplomada en Educación Sexual Integral. Tengo un recorrido de formación en sexualidad humana, y además ilustro el deseo y milito el placer.

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